El Viaje

(traducción por Beatriz Garcia Bonelli)

¿Queréis oír una historia?

( o la sorprendente historia de Sami, el sastre de Jerusalem)

El sol se está poniendo tras las verdes colinas de olivos que rodean Jerusalem, estamos caminando en cuesta, por una estrecha calle desierta de la ciudad antigua, con el frío que nos pincha las mejillas. Indiferentes, pasamos delante de una pequeña tienda con bufandas muy coloridas en el escaparate, la única en toda la calle, mientras hablamos de dónde iremos a cenar esa noche. Pasados unos metros de la tienda, un señor anciano nos llama y nos pregunta la nacionalidad, le decimos que somos italianos, pensamos enseguida en el típico abordaje de tantos vendedores de la ciudad antigua. La segunda pregunta, sin embargo, nos intriga y sorprende: “¿Queréis oír una historia?”

Bajadas las defensas, nos entregamos a las ganas de saber lo que nos tiene que contar aquel señor tan elegante y retrocedemos. Sami se presenta y nos invita a entrar en su tienda. Una modesta pero fascinante sastrería convertida ahora en tienda de bufandas, chales de cachemir y túnicas religiosas, aun decorada con los muebles originales de cuando abrió en 1959. Mientras nos sentamos, Sami, nacido en 1935, nos cuenta cómo consiguió abrir aquel negocio.

Cuando era adolescente, en la Jerusalem de los años ’50, Sami era un ayudante de tienda que estaba aprendiendo a coser trajes para el dueño de la sastrería pero el sueldo era mísero y a él, ambicioso, no le bastaba ese papel secundario. Decidió por tanto partir hacia Bagdad, que en ese momento era una próspera ciudad que ofrecía grandes oportunidades gobernada por el rey Faisal II. Sami permaneció en Iraq 2 o 3 años aprendiendo el oficio de sastre pero con un sueldo mucho más alto de lo que habría ganado en Jerusalem. A la caída del rey, muerto el 14 julio 1948 durante la revolución republicana iraquí, decide volver a su tierra y con el dinero ahorrado compra la tienda en la que nos encontramos. Hay mucha competencia y para conseguir más credibilidad empieza a decir a todos que ha estado aprendiendo el oficio de sastre en Italia. Esta inocente mentira va reforzada con hechos y para ello compra un libro: “Pruebas, defectos y correcciones”, serie técnica n.4 de la Enciclopedia del Traje escrito por Antonio Sandre y publicado en Turín en 1958. El libro contiene consejos útiles para hacer trajes a medida masculinos y femeninos, realizando modelos adaptados a todos los físicos: hombros estrechos, brazos largos, piernas torcidas.. Nos enseña el libro y entre risas a causa del lenguaje arcaico, lo hojeamos con él mientras nos cuenta los otros expedientes adoptados para convencer a clientes y conocidos que verdaderamente había estado en Italia en esos años. Por supuesto, había mucha curiosidad acerca de la comida italiana, y él, para aprender cómo era la comida italiana, cenaba frecuentemente en un conocido restaurante italiano gestionado por un tal Gino Neri. Gino, después de haberse casado con una mujer palestina, se había quedado en Jerusalem y había abierto un restaurante italiano, como sucede a menudo a nuestros compatriotas a lo largo del mundo. Sami, para estar seguro de que no hubiese ninguna duda sobre el hecho que había estado en Italia, decidió también profundizar sus conocimientos sobre cultura popular italiana, viendo películas de Sofía Loren y aprendiendo a cantar “Guarda che luna” de Fred Buscaglione. Poco importaba que de verdad hubiese estado allí, era realmente bueno, sus negocios despegan y se convierte en uno de los sastres más famosos de Jerusalem, no sólo gracias a la fama de sastre que ha aprendido en Italia sino también gracias a algunos simples pero eficaces trucos de marketing como por ejemplo pasear por la ciudad siempre vistiendo trajes creados por él o regalar una corbata o un pañuelo por cada compra.

La frase que más nos sorprende es cuando afirma que tiene 5 nacionalidades:

  1. Turca, porque sus bisabuelos, sirios cristianos residentes en Turquía, al estallido de la persecución contra los cristianos en 1916 se refugiaron en Jerusalem.
  2. Inglesa, porque nació en Jerusalem bajo el protectorado inglés en 1935 como demuestra el sello de la casa real inglesa en su certificado de nacimiento, firmado por el rey Jorge V.
  3. Jordana, porque el país vecino ha gobernado Jerusalem y la West Bank de 1948 a 1967. Sami conserva aun el derecho al pasaporte jordano que renueva cada 5 años con un simple viaje a Amman.
  4. Israelí, porque posee un documento de viaje israelí como residente en Jerusalem, que es administración israelí.
  5. Palestina, porque nació en Palestina como demuestra la tarjeta verde que posee para poder moverse libremente entre la West Bank palestina y Jordania.

La sexta, entre risas, nos dice que es la china, cuando algún estudioso dirá que Buda nació en Jerusalem y el ejército chino invadirá Palestina.

La vida de Sami no deja de sorprendernos, nos muestra una pared llena de fotos y de encuentros memorables como aquel con Lord Snowdon, fotógrafo y documentalista inglés, marido de la princesa Margarita, quien dedicó 2 páginas de su libro fotográfico a Sami, retratado en su tienda con una impecable pose de sastre con cinta métrica amarilla y dedal. O la foto que lo retrata en Atlantic City donde dice que voló en primera clase sin pagar un céntimo ¿Cómo? Pues sí, ganando el primer premio de la lotería organizada por la compañía aérea Continental con ocasión de la apertura de su oficina de Jerusalem. Nos cuenta divertido que también su mujer lo acompañó en aquel viaje, pero en clase turista, ya que el billete de la mujer lo había tenido que comprar.

Sami nos muestra las fotos de su primer traje, cosido con 17 años, de sus 5 hijos y 15 nietos y de él, rara para nosotros, en traje y corbata en la playa de Tel Aviv en los años ’50. Su talento de sastre le ha permitido incluso evitar el servicio militar porque con dos pares de pantalones “convenció” a su oficial de librarlo de servir en el ejército jordano. De su brevísima carrera militar conserva una estupenda foto en blanco y negro donde aparece sonriendo alegre bajo un bigote blanco.

Como todo mayor de ochenta años, Sami no oculta una profunda nostalgia por el pasado, cuando la gente se vestía con trajes a medida, ahora suplantados por mercancía menos costosa pero más estandarizada y de baja calidad, a menudo china. Además de su identidad de sastre también se siente orgulloso de su propia identidad religiosa de cristiano ortodoxo sirio, una iglesia que se expresa en arameo, la lengua de Jesús, de la que él es el mukhtar (jefe/representante o literalmente “el elegido”) en Jerusalem.

Tras una foto para inmortalizar este inesperado encuentro, muchas risas y algún caramelo, nos marchamos agradeciéndole la charla. Alegres y con la sensación de haber vivido una experiencia única, salimos de la tienda y volvemos a las desiertas y oscuras calles de la ciudad antigua. La tienda de Sami desaparece detrás de nosotros pero la luz de sus ojos, la jovialidad de su risa y la cordialidad de su mirada nos acompañarán siempre.

Lucho, el barbero de Tulum

Pasa un perro negro, pulgoso, flaco, bajo el brillante pelaje despuntan los huesos puntiagudos. Un viandante desgarbado y con bigotes habla con Lucho y su cliente de productos afrodisíacos, aparentemente milagrosos para estimular la virilidad masculina. El cliente escucha, fingiendo interés. En realidad no tiene elección, ya que las expertas manos de Lucho, que manejan tijeras y maquinilla, son también muy lentas. Lucho es un barbero, un barbero barato que trabaja en la peluquería que lleva su nombre, un cuarto pequeñísimo en una polvorienta calle lateral de Tulum, con las paredes cubiertas de fotos históricas y los habituales carteles bromistas que divierten a clientes nuevos y viejos. Se lee: “ Se dará fiado sólo a los mayores de 95 años acompañados por sus padres y abuelos” o : “ A los enchufes de alto mando de Jorge Bergoglio no se dará fiado”.

Estamos en Tulum desde hace unos días, una pequeña ciudad mejicana de la Riviera Maya, en el estado de Quintana Roo en la región de Yucatán meridional. Tulum está a unos 3km del mar y se ha extendido a lo largo de la traficada carretera que une Belice a los famosísimos centros turísticos de Cancún y Playa del Carmen. Estamos en la costa caribeña de Méjico, una tierra maravillosa rica de cenotes: enormes grutas circulares que se abren en el bosque, puertas a un mundo subterráneo acuático y encantado, casi lunar, sin peces pero rico en asombrosas estalactitas, estalagmitas y columnas calcáreas. Estoy esperando mi turno en una soleada, calurosa y húmeda tarde de mayo. Lucho trabaja muy lentamente, al ritmo de las olas del Mar Caribe, a sólo dos km de aquí. Bigotudos y gordos mejicanos y madres que acompañan a sus hijos a jugar al fútbol pasan en coche, motocicletas pestosas y ruidosas a una velocidad de 20km/h,  los autobuses que llevan trabajadores a los hoteles de Playa del Carmen pasan cada 10 minutos gritando la destinación.

No muy lejos, las fantásticas playas blancas de Méjico, cerradas entre verdes palmeras y el mar turquesa de mil matices. Un mar, sin embargo, que este año, debido a las temperaturas excesivamente altas, está sufriendo y por esto suda algas marrones que invaden la orilla y crean una barrera de 30-40 centímetros que los bañistas deben pasar antes de sumergirse en las cálidas y cristalinas aguas caribeñas.

Las nubes corren veloces en el cielo de Méjico y corren hacia el ocaso, el perro negro vuelve, siguiendo mujeres bajas y gordas en pantalones cortos que pasan arrastrando las chanclas por el asfalto, un grupo de niños y niñas, riendo, pasan en bici yendo hacia casa. Un viejo escarabajo negro, pintado a mano, polvoriento reposa cansado bajo los rayos del sol mejicano. Lucho sigue su con su lento y preciso corte, tiene una bata negra, descolorida y con algún agujero, remendado por su mujer por varios sitios. La bata cubre un cuerpo delgado, casi consumado, también por la edad que seguramente supera los 60 años. Piernas delgadas pero estables que soportan su danza alrededor de la cabeza del cliente.

Estoy un poco harto de esperar, me pierdo fantaseando sobre la historia antigua de esta ciudad, una de las pocas donde se pueden admirar ruinas Mayas a la orilla del mar. Los Mayas, una población indomable, culta y avanzada en muchos campos: desde la astronomía a las matemáticas pero sobre todo que sabía y sabe, vivir y prosperar tanto en las tupidas selvas entre Méjico y Guatemala como en las alturas de la sierra Madre de Chiapas, tanto en el llano y verde Yucatán donde practicaban ricos comercios marítimos con las poblaciones del norte y del sur, hasta las costas de Honduras.

Por fin, Lucho hace pagar al cliente anterior y me hace señas de acomodarme, entro en el cuarto pequeñísimo y me siento en el sillón, bastante cómodo pero gastado y roto por muchos sitios, Descubro una pared que desde fuera no se veía, una pared cubierta de diplomas conseguidos por haber hecho cursos de actualización para barberos, un caparazón de tortuga y también un atrapasueños de los nativos americanos que separa la parte delantera de la trastienda, probablemente la casa de Lucho. Veo también un pequeño poema anti-alcohol que se titula “Testamento de un alcohólico”, leer esas frases me lleva a la compleja situación mejicana, donde las franjas más pobres de la población a menudo caen en el alcoholismo y las drogas, a las que a veces sigue una recuperación que pasa por los encuentros de Alcohólicos Anónimos o por las nuevas sectas religiosas que, además del soporte para salir de las tóxicodependencias, ofrecen también la esperanza en un futuro mejor a través de la religión.

La maquinilla de Lucho se mueve lenta sobre mi cráneo y me da tiempo a explorar con la mirada las interesantes y coloridas paredes de la peluquería que además de imágenes religiosas acogen también las eternas fotos de “Che” Guevara y Emiliano Zapata, gran héroe de la revolución mejicana de 1910.

Lucho ha terminado, me miro en el espejo y moto algún mechón que despunta, pienso que de todos modos lo acabaré en casa, quizás con la ayuda de Daniela. Entre espera y corte me he quedado aquí casi una hora, el sol anaranjado está empezando a colorear de dulzura las polvorientas calles de Tulum. Pago y me voy, satisfecho, más que por el corte por esta ocasión de observar alguna escena de un día cualquiera en esta vivaz localidad mejicana, una tarde que llevaré siempre conmigo, un dulce recuerdo de una dulce cotidianidad. Tulum es también esto, Tulum sabe a tequila y cerveza Sol, a picnic en la playa de ruidosas familias mejicanas, a maíz hervido con mayonesa, queso y guindilla, sabe a tortillas y quesadillas, sabe a aguacate y limón, a sal y sol, pero sobre todo Tulum sabe a vida, a simplicidad y cálidas sonrisas de los caribeños, como Lucho, que me agradece por haberlo elegido como barbero, no sabe sin embargo lo afortunado que yo me considero por la tarde que he pasado, irrepetiblemente simple, dulcemente única, mágicamente inolvidable, puro Méjico.

Alimentación y soberanía alimentaria en Tailandia: luces y sombras

ALTERRATIVE ha encontrado a campesinos españoles, mejicanos y rapa nui que luchan por su tierra, ciudadanos ecuatorianos y bolivianos que defienden su agua, activistas uruguayos e indios que conservan y transmiten antiguas variedades locales de maíz, mijo y arroz. ¿Qué tienen en común estas personas? Están defendiendo la propia soberanía alimentaria, o sea la capacidad de parte de quien produce, distribuye y consume el alimento de controlar los mecanismos y las políticas de producción, distribución y consumo del alimento. La soberanía alimentaria se opone al modelo de producción alimentaria agroindustrial dominado por las grandes empresas multinacionales de la agroindustria con el apoyo de gobiernos nacionales e instituciones internacionales, a menudo cómplices de este sistema que no consigue satisfacer los requisitos de alimento sano y de calidad para la totalidad de la población mundial y que al mismo tiempo está contribuyendo notablemente a la degradación de nuestro planeta y a una aceleración del cambio climático.

El acceso a tierra fértil, a semillas de calidad y a agua pura son 3 factores fundamentales para asegurar una producción local de alimento gustoso, variado y nutriente pero sobre todo sano.

Considerando todo esto, a lo largo de nuestro viaje no podía faltar un momento para profundizar en el aspecto del alimento, su transformación y consumo y para hacerlo hemos elegido Tailandia, probablemente uno de los países donde la comida local más nos ha sorprendido y cautivado sea por la variedad de sus platos como por los ricos y exóticos olores y sabores de su cocina.

Para hacerlo hemos decidido hacer un muy recomendable mini-curso de cocina en Chiang Mai,al norte de Tailandia, un país que nos ha tocado el corazón, además de por su comida, por la hospitalidad dulce y espontánea de su gente. El curso de cocina con Sammy ha sido nuestra sabrosa última etapa en Tailandia, un momento que tiene más sabor de hasta pronto que de adiós. Nuestra jornada en la Sammy’s Organic Thai Cooking School inicia en la parte trasera de una camioneta que nos recoge en la simple pero muy organizada Diva Guest House, gestionada por la sonriente y amabilísima Pina. Atravesamos la no bellísima y más bien traficada Chiang Mai dirigiéndonos hacia la periferia donde nos paramos en la plaza de un mercado de frutas y verduras donde tranquilamente exploramos este mundo colorido de hortalizas y cereales sólo en parte conocidos pero la mayor parte nuevos o diferente a los que estamos acostumbrados: decenas de variedades de arroz diferente, picantes guindillas verdes, amarillas y rojas; tomates, berenjenas diminutas, enormes pepinos, muchas variedades de col, lechuga y cebolla; pilas de huevos blancos, rosa y marroncitos, frutas espinosas o con la piel parecida a las patatas, las flameantes y carnosas frutas del dragón… todo en un mercado vivaz pero no abrumador, donde se respira calma y serenidad, amas de casa que pujan y jubilados que hacen la compra. Nosotros muy curiosos nos movemos por los puestos haciendo fotos hasta que Sammy nos llama para hablarnos del arroz y para enseñarnos la transformación del coco que se separa en leche y pulpa, ambos utilizados en la cocina tailandesa.

Nos vamos en la camioneta y nos adentramos en el exuberante paisaje de los alrededores de Chiang Mai donde el arroz crece en abundancia irradiado por el sol de mediados de septiembre.

La casa de campo que acoge la escuela de cocina de Sammy tiene un gran espacio central para cocinar pero también algún rincón para reposar y relajarse en la tranquilidad del campo, lejos de las motocicletas y bocinas de Chiang Mai, un sabroso oasis de paz.

Por fin llega el momento de meterse entre fogones, un poco torpes empezamos a seguir las instrucciones de Sammy y de su mujer, durante años cocineros en los famosos resort de las playas de Tailandia meridional y ahora ocupados en promover la comida tailandesa a través de estos cursos de cocina para turistas y viajeros que quieren aprender y preparar su propia comida. Rebanando, golpeando, friendo y mezclando, en unas dos horas Daniela cocinará: un curry verde, una sopa de gambas, pollo en sartén a la albahaca y rollitos de primavera, mientras Stefano preparará: un curry rojo, una sopa de verduras a la tailandesa, un pad tai (espaguetis finos salteados con verduras, cacahuetes triturados y brotes de soja) y una creativa ensalada de papaya. Para acabar, no podían faltar los postres: arroz dulce (y pegajoso) con mango fresco y banana cocinada en leche de coco, dos simples dulces, delicias para compensar el picante de los otros platos, no exagerado pero siempre presente. Después de la parte más pesada y también más interesante es hora de probar nuestras creaciones, nerviosos y hambrientos, nos sentamos a la mesa, cada uno probando su comida y la de los demás, intercambiándonos juicios y opiniones.

Después de haber vaciado platos y cuencos saboreando nuestras creaciones, Sammy nos sugiere un descanso en las hamacas o echados a la sombra en uno de los muchos espacios abiertos de su casa. Nosotros preferimos un pequeño paseo, a pesar de que el sol bate fuerte, la temperatura es bastante soportable y paseamos por los arrozales que rodean la casa de Samy reflexionando sobre la abundancia, la variedad y los sabores originales de la cocina tailandesa que echaremos de menos ya que estamos a punto de irnos a Camboya.

Tailandia en 1991 tenía una tasa de desnutrición del 35%, en 2015 ha bajado al 7%. A pesar de las numerosas crisis políticas, Tailandia ha conseguido asegurar en estos últimos 25 años un siempre mayor acceso al alimento a su población, y al mismo tiempo, exportar productos como arroz, goma, piña, pollo o gambas: se calcula que el país pueda nutrir un número de personas igual a 4 veces su población que es de 68 millones.

A pesar de esto y los notables pasos de gigante en mejorar las tasas de desnutrición, aun quedan sombras en el sistema de producción de alimento en Tailandia: ¿Cómo es posible que el 7% de su población no tenga todavía acceso a comida suficiente en un país que podría alimentar a casi 280 millones de personas? O también, ¿Cuál es la calidad y el impacto sobre el medio ambiente de todo este alimento que es producido y exportado ya que en 2012 se han encontrado en las verduras tailandesas tasas de pesticidas 100 veces más altas de las consentidas por la Unión Europea y en el país aun son utilizados 155 diversos tipos de pesticidas reconocidos como nocivos para la salud?

A diferencia de otros países donde hemos trabajado y viajado, en Tailandia, no falta el alimento pero existen casi 5 millones de tailandeses que no comen lo suficiente. A diferencia de otros países las condiciones para la agricultura son muy favorables: tierra, agua, semillas e infraestructuras no faltan, sin embargo, para cultivar se recurre aun a sustancias que son dañinas para el ser humano y para el ambiente. ¿Por qué? Con esta pregunta en la cabeza volvemos a la casa de Sammy, donde sonriente nos espera para despedirnos antes de volver a Chiang Mai. Tailandia es una tierra maravillosa, verde, dulce y acogedora. Pero también aquí las sombras de un sistema de producción nocivo para los seres humanos y el ambiente no pueden ser ignoradas si queremos pensar en construir un futuro mejor para todos en el respeto de la madre tierra que con su generosa fecundidad sigue nutriéndonos, a pesar de nuestras decisiones, que muy frecuentemente ponen en peligro su equilibrio y dañan su fertilidad.

https://www.grain.org/article/entries/4357-food-and-climate-change-the-forgotten-link

https://www.youtube.com/watch?v=vrpJxXx7Rwk

https://www.tripadvisor.it/Attraction Review-g293917-d2507163-Reviews- Sammy s Organic Thai Cooking School-Chiang Mai.html

https://www.facebook.com/Sammy-Organic-Thai-Cooking-School-121424394552150/

 

Oda a los Andes

Los Andes, más que un lugar geográfico son un viaje sensorial  indeleble en la memoria de cualquier viajero que los haya recorrido, aunque sea sólo unos días. Nuestro primer encuentro es visual. El avión de Copa Airlines que nos está llevando de Cuba a Ecuador cruza veloz el cielo de finales de junio. Hay alguna nube pero conseguimos admirar en el horizonte, majestuosos y nevados, los Andes. Quito es una larga serpiente que ocupa un estrecho y largo valle andino rodeada de los poderosos volcanes Pichincha, Cotopaxi y Cayambe. El 27 de junio, por el cumpleaños de Daniela, subimos a 4.100 metros para admirar la ciudad desde lo alto: hace frío y vamos con retraso pero conseguimos, de todos modos, maravillarnos con la primera puesta de sol andina. Nuestro entero viaje por América Latina está caracterizado por los Andes, donde, entre junio y agosto, hace frío, un frío seco y punzante que nos hará acurrucarnos en la pequeña tienda durante las dos primeras noches del trekking Salkantay, en Perú. Un sendero de más de 70km en 5 días para llegar a pie hasta el fascinante y misterioso Machu Pichu, que conserva su magia a pesar de los miles de visitantes que recorren las estrechas calles de la ciudadela cada día. Durante estos 5 días intensos y fatigosos hemos oído el rugido de los Andes, producido por los poderosos glaciales: enormes masas blancas, aparentemente inmóviles, pero que están en continuo movimiento y derritiéndose con los rayos del sol, dando vida a gélidos laguitos en cuyas aguas nos sumergimos por algunos minutos experimentando sensaciones únicas. La piel se vuelve insensible, la respiración se bloquea y de repente se tiene la sensación de ahogo y de no sentir las piernas. Intentando nadar vemos que las piernas, sin embargo, funcionan y vuelve la respiración. Por suerte, las entrañas de los Andes esconden un calor insospechable y nos ofrecen oportunidades naturales para calentarnos y relajarnos. De hecho, en muchos puntos, estas estupendas compañeras de viaje ofrecen gratuitamente aguas termales donde bañarse y limpiarse el polvo del viaje. En Baños, Ecuador, por menos de un euro hemos disfrutado de 5 piscinas diferentes, cada una con su temperatura específica, desde la gélida del agua de los glaciares hasta la de agua hirviendo, donde no se aconseja una permanencia superior a los 10 minutos para evitar posibles consecuencias negativas para la salud.

Este contacto tan íntimo y continuo crea un vínculo indisoluble entre cada viajero y los Andes, siempre dispuestos a sorprendernos y a convertir el viaje en una aventura maravillosa. Los Andes son fascinantes a cualquier hora del día y de la noche, pero es justo en el paso de uno a la otra cuando el espectáculo llega a su clímax. En la isla del Sol, una isla sagrada que surge en el centro del mayor lago andino, el Titicaca, nos levantamos de noche, vestidos con varias capas de ropa, guantes y gorros de lana y subimos al punto más alto de la isla para ver cómo nacía el sol detrás del Illampu. Una emoción única esperar en la oscuridad, con el frío que corta la cara en el silencio del alba. En esa fría mañana de julio admiramos el cotidiano milagro del mundo de las tinieblas que desaparece mientras nace un nuevo día y la naturaleza se despierta. La isla del Sol, según la mitología lugar de nacimiento del primer Inca, con sus caminos polvorientos, los tranquilos campesinos que cultivan quinoa y las mujeres al pasto con las vacas, es un lugar donde el alma encuentra paz. Las tranquilas aguas del lago brillan, los cóndores vuelan ligeros en el cielo azul y terso. El sol pega fuerte, implacable sobre los rostros de las cholitas enrojeciendo la piel, hasta el ocaso, cuando todo se calma, el cielo se oscurece, rápidamente, pero millones de estrellas aparecen para dar compañía, mientras en la oscuridad, se busca un sitio para degustar una sopa caliente.

Durante otro mágico amanecer andino hemos oído de cerca la respiración de la madre tierra: a casi 5.000 metros, en la frontera entre Bolivia y Chile, enormes géiseres desprendiendo vapor y altos decenas de metros, crean enormes charcos de un fango gris ardiente y el fuerte olor a azufre se levanta calentando la mañana.

Los generosos Andes no dejan indiferentes ni siquiera a nivel de sabores y olores. No se puede olvidar el omnipresente olor de la hoja de coca, en infusión o masticadas para contrarrestar el mal de altura y la fatiga del camino, pero también últimamente usadas para dar sabor a los caramelos. Menos conocido pero cada vez más apreciado es también la infusión de muña, una hierba aromática utilísima. La cocina andina es simple pero su cereal principal es muy gustoso: la quinoa, ahora un producto global vendido a peso de oro, se cultivaba en los Andes hace miles de años y, junto a la patata, también originaria de los Andes, es la base de la alimentación de las zonas montañosas de Ecuador, Perú y Bolivia.

No se puede no experimentar una sensación de paz y libertad recorriendo los altiplanos andinos con sus grandes cielos, las colinas estériles y los innumerables colores de un mundo antiguo que se está torpe y lentamente adaptando a la modernidad. Los Andes son las arrugas de un anciano Aymara que mastica hojas de coca, los Andes son los negros ojos sonrientes de un niño gordito que observa el mundo desde un bulto atado a la espalda de su madre, los Andes son las manos arrugadas de una vieja Quechua que vende amuletos y fetos de llama secos en una tiendecita de La Paz. Los Andes somos nosotros que hemos abierto los ojos a estas montañas maravillosas, los Andes somos nosotros que hemos respirado el polvo antiguo llevado por el viento seco que huele a coca. Los Andes somos nosotros porque los Andes se te meten dentro y ya no te abandonan nunca más.

El camino hasta Kolkata

Caminar por la ruidosa y traficada pero colorida Kolkata, un tiempo conocida como Calcuta, es como hacer un viaje hacia atrás en el tiempo. Tomamos aire y contenemos la respiración antes de sumergirnos en las caóticas calles de la ciudad donde se nada entre miles de personas que invaden las aceras y donde se esquivan taxis, coches y motocicletas que pasan el tiempo a base de bocinazos. Largas brazadas buceando para alcanzar la meta deseada. Para observar hay que pararse a tomar un poco de aire y entonces nos damos cuenta de las miles de caras que nos rodean. Hombres en camiseta y lungi que revolotean para llamar la atención de los pasantes y ofrecerles un paseo en rickshaw, conducido a mano; otros hombres que arreglan sus puestos de frutas, dulces, samosa, cigarros, a lo largo de la acera obstaculizando el paso; mujeres vestidas con ropas multicolores que intentan atravesar la calle, ancianos, niños e inválidos en el suelo que nos tienden la mano. Tenemos la sensación de que la gente vive su día en las calles. Se encuentran, toman el té sentados en taburetes de plástico en medio de la acera, se lavan los platos, la ropa e incluso a los niños usando el agua de la calle, se echan un sueñecito sobre un cartón a la sombra. El ruido, el amontonamiento y el hedor de las montañas de basura acumulada en las calles hacen que sólo desees tomar aliento y seguir buceando. ¿En qué año estamos? No puede ser en 2015.

Pensaba que era difícil sentir estas sensaciones después de varios años trabajando en África y 7 meses de viaje, durante los cuales hemos visitado 18 países y hemos conocido personas extraordinarias que han compartido con nosotros sus historias de lucha y esperanza. De San Francisco a San Cristóbal de las Casas, de Quito a Hanga Roa, de Phon Pehn a Kolkata la historia se repite. Parece imposible que en países tan lejanos, donde se hablan diferentes idiomas y se visten con ropas diversas, las personas afrontan los mismos problemas y sin embargo no lo es. En San Cristóbal de las Casas, María acoge adolescentes embarazadas que llaman a su puerta para recibir apoyo tras las violencias sufridas. Las acompaña durante el embarazo y en la difícil inserción en la comunidad donde no se quiere volver a causa de la vergüenza por los abusos sufridos a mano de los mismos familiares. En Chile, Miriam y Mafalda trabajan al lado de otras mujeres de las comunidades indígenas rurales para que puedan trabajar y asegurarse del cuidado de sus propios hijos y por tanto superar todas las discriminaciones que deben soportar como mujeres y como indígenas. En Phon Penh y Hun acogen a chicas capturadas por traficantes de personas en un lugar seguro donde pueden estudiar y aprender una profesión, recomenzar por tanto, dejando atrás el peligro de la explotación sexual.

En Nexquipayac, Méjico, Felipe nos acoge en su sencilla casa donde compartimos con él y el resto del grupo del FPDT (Frente Popular de la Defensa de la Tierra) las buenísimas judías y las calientes quesadillas preparadas por su mujer. Felipe ha pasado los últimos 4 años en prisión por haber defendido la tierra de su comunidad contra la expropiación forzosa impuesta por el gobierno para construir un nuevo aeropuerto. Una comunidad que vive de la agricultura y tiene una tradición campesina. La tierra. Un recurso fundamental por el que Vanessa y la granja comunitaria de Gill Tract (Gill Tract Community Farm) están luchando en Berkeley, California, respondiendo con la realización de un huerto urbano, donde no crecen sólo tomates y lechugas sino que cultivan también amistades y oportunidades para algunos de los muchos inmigrantes que llegan a la ciudad. Una lucha dura como la de Carmen y Carlos en Ecuador, que se oponen a proyectos de explotación de los recursos mineros que comprometen el equilibrio del ecosistema y contaminan las faldas acuíferas. Proyectos que empujarían a las comunidades quechuas a dejar sus campos y trasladarse a la ciudad para ganarse la vida vendiendo caramelos y tabaco a los turistas y posando para fotos “folclóricas”. Grandes obras y privatización  que amenazan la calidad de las aguas como aquellos por los que luchan Tomás y Sara en Santiago de Chile y han combatido y rechazado hace algunos años en Cochabamba, Bolivia, Oscar y los demás miembros del movimiento de la Coordinadora, una organización popular en defensa del agua y de la vida. Hemos pasado unos días en la selva Lacandona en compañía de las comunidades zapatistas donde siempre hay un sitio para todos, bajo una cabaña de madera no muy grande y al calor de una taza de café para tomar en compañía sentados en la orilla del río. Comunidades pequeñas, unidas, donde viven todos juntos y donde la mayor parte de los meses del año no se vive con dinero que sirve sólo cuando se reabren las escuelas, para la ropa y los libros de los niños.

En estos 7 meses hemos tenido la suerte de tener compañeros de viaje que nos han hecho abrir los ojos sobre lo cerca que estamos unos de otros, sobre cómo sufrimiento y desigualdad, que creíamos superados en muchas partes del planeta, en realidad están todavía golpeando a mujeres y personas vulnerables. Hemos abierto los ojos y también un poco el corazón, sobre cómo aún queda mucho camino por hacer para vivir en un mundo más justo y ecuo. Nuestros compañeros de viaje son personas que han elegido empeñarse y defender las propias raíces, la propia tierra, los propios recursos. Son personas que han vivido en primera persona, sobre su piel, abusos injustificables, violencias terribles e injusticias tremendas.

Y ahora La India. Aquí encontraremos una asociación de mujeres dalit. Los dalit son los “intocables”, o sea,  las personas que en el sistema de castas no pertenecen a ninguna de las cuatro castas principales. A pesar de que la constitución hindú de 1950 haya abolido oficialmente la intocabilidad y el sistema de castas, miles de personas viven todavía al margen de la sociedad desempeñando los trabajos más denigrantes (excavar tumbas, limpiar letrinas, despellejar y eliminar animales muertos) por un puñado de rupias al día. Muchas niñas dalit empiezan a prostituirse con 6-8 años y según fuentes oficiales cada año son violadas más de 200 mujeres dalit, de edades entre 6 y 70 años. El 83% de las mujeres dalit no acaba los estudios primarios y en familia son las últimas en comer: si la comida no basta para todos son ellas las que se quedan en ayuno.

Mientras se mira, se huele y se oye todo esto,  la tentación de volver a bucear siguiendo nuestro camino sin mirar, oler ni oír es fuerte. Pero llegados a este punto no podemos porque es también muy potente la fuerza que nos pide que paremos y nos abramos al diálogo, a la escucha y al encuentro. La corriente de la vida y del viaje empuja hacia nosotros a nadadores fuertes que nos quieren contar sus historias nadando por un tiempo a nuestro lado y con los cuales continuamos este precioso viaje al descubrimiento de un océano de sufrimiento pero también de fuerza, coraje y esperanza.

Lungi: rectángulo de tela, normalmente de algodón, usado por los hombres hindúes para taparse las piernas. Suele ser muy colorido y apto para otros usos.

Samosa: rollito de masa, normalmente triangular, relleno de patatas, verduras o carne, típica comida de calle originaria de La India.

Camboya, una tierra en silencio

Silencio. Un Buda de oro brilla ante mí en el silencio del templo. Me siento cómodamente para admirarlo. Es pequeño, 40-50 cm quizás, pequeñísimo en comparación a todos los Budas vistos hasta ahora, de hasta 10 metros de altura. Estoy inmerso en la oscuridad, el aire está viciado pero perfuma a incienso. Sobre mi cabeza, a 5-6 m de altura, un pequeño agujero en lo alto de la aguja permite que penetren algunos rayos de sol. Me siento sobre las frías y polvorientas piedras milenarias para admirar este dulce, simple y plácido Buda, en silencio, él desde siempre, sometido a la contemplación, yo por pocos minutos, en estática y silenciosa admiración.

Después de haber lenta y fatigosamente recorrido los últimos escalones que me llevan a lo alto del Bayon, en el conjunto de Angkor Thom, sin aliento, consigo milagrosamente encontrarme solo en contacto con el Buda, un milagro, en los tiempos del turismo de masa. Estamos en Angkor, cerca de Siem Reap, al norte de Camboya, probablemente el más importante y visitado sito arqueológico de todo el sudeste asiático. Tiziano Terzani, conocedor y amante de este país y de estos templos, describía Angkor como: “… uno de los pocos, extraordinarios lugares del mundo ante los cuales uno se siente orgulloso de ser miembro de la raza humana; uno de esos sitios donde la grandeza está en cada piedra, en cada árbol, en cada bocanada de aire que se respira.”

A pesar del flujo turístico excesivo y desordenado de Angkor, es imposible no estar de acuerdo con Terzani. Si es cierto que Camboya es una tierra que ha regalado a la humanidad fascinantes ejemplos arquitectónicos y de ingeniería, este pequeño país, también ha proporcionado dramáticos ejemplos de donde puede empujarnos el abismo humano, pero siempre en silencio. Antes, el silencio de quien se escondía de las bombas americanas lanzadas sobre los bosques y campos de arroz en la frontera con Vietnam, después el silencio de quien sabía que hablar significaba morir bajo el terrorífico régimen de los khmer rojos. En la actualidad, Camboya, no se encuentra bajo los reflectores de los grandes medios de comunicación mundial, continúa el silencio de los khmer, el silencio de quien sabe que una élite de cleptómanos está vendiendo millares de hectáreas de este país maravilloso, fértil y exuberante.

La tierra y el agua de los khmer están desde siempre en el centro de las vicisitudes del país, un país pequeño pero rico en estos recursos naturales preciosos y por lo tanto perfecto para cultivar arroz, alimento vital aquí en el sudeste asiático. En el apogeo del imperio Khmer (entre los siglos XI y XII) miles de súbditos de los reyes-dioses, a veces hindúes y a veces budistas, movieron toneladas de tierra para cavar zanjas de hasta 190m de ancho y más de 1km de largo, así como canales para inundarlas de agua, dando a los templos protección y una atmósfera encantada.

Tierra en conflicto la camboyana, que situada entre el poderoso imperio Siamés (más o menos la actual Tailandia) al oeste y la gran nación vietnamita, más grande y numerosa, a oriente, sobrevive a la opresión regional “gracias” a la intervención de los colonizadores franceses que la transforman en protectorado hasta 1953, año de la independencia camboyana.

Tierra fértil la camboyana, vista desde lo alto de un templo budista colocado en la cima de una colina en los alrededores de Battambang. Una llanura verde esmeralda surcada por carreteras recorridas por ruidosos scooters, destartalados coches, desvencijados autobuses y pestosos camiones directos a Phnom Penh. Un infinito campo verde donde crece el mejor arroz del país, pero aquí tampoco faltan las huellas del horror y una simple gruta se revela como la tumba de miles de camboyanos exterminados sin motivo por los khmer rojos.

Tierra aun impregnada de sangre, como en Choeung Ek, uno de los miles de campos de exterminio donde entre el 17 de abril 1975 y el 9 de enero 1979 encontraron la muerte más de 2 millones de camboyanos de una población total de 7 millones. Un camboyano de 3 no vio el final del régimen de los khmer rojos, los demás debieron ajustar cuentas con una de las peores tragedias del siglo XX y reconstruir el país. Una tierra que sigue vomitando huesos y trozos de ropa, 300 campos de exterminio esparcidos por todo el país con el objetivo de realizar la más radical y rápida revolución comunista de la historia: borrar la historia, la cultura, la religión de un país entero eliminando físicamente adversarios políticos, intelectuales, religiosos y todos aquellos que sabían leer y escribir considerados exponentes de una civilización corrupta y decadente. Debían sobrevivir sólo los campesinos, que eran el verdadero pueblo khmer portador de los antiguos valores de igualdad y sencillez, el lema era:”Para arrancar las malas hierbas hay que eliminar las raíces”. Así acabaron en los campos de exterminio familias enteras, millones de personas inocentes, culpables sólo de ser diferentes de cómo los líderes khmer rojos querían ver al pueblo camboyano y por ello marcados como enemigos. Además de eliminar físicamente a un tercio de la población, el plan de los khmer rojos preveía la eliminación de las clases sociales, del dinero, de la propiedad privada y hasta de la familia como institución. De hecho, nadie estaba autorizado a cocinar y comer en casa con la propia familia, el partido había decidido que todos debían comer juntos en los comedores populares.

Además, los líderes khmer rojos veían los centros urbanos como peligrosos focos de insurgencia y lugares de corrupción, por lo que, pocas horas después de haber “liberado” Phnom Penh del gobierno golpista de Lon Nol, evacuaron a miles de personas de la ciudad para mandarlos a trabajar colectivamente en los campos de arroz o a excavar canales de riego. Todas las ciudades fueron vaciadas en pocos días, dejando en los centros urbanos sólo a la población obrera necesaria para hacer funcionar las pocas fábricas del país y, por supuesto, los dirigentes del partido, la policía y el ejército.

Uno de los lugares clave para entender el delirio de la ideología comunista camboyana es la prisión de Tuol Sleng, una ex escuela transformada en centro de detención y tortura de los khmer rojos y ahora museo de la memoria para no olvidar el horror del sueño loco de crear de cero un hombre nuevo. Recorriendo las vacías salas, dejadas tal como las encontraron los liberadores vietnamitas, es difícil no dejarse llevar por la tristeza: leer las historias de quien murió en Tuol Sleng hace estremecer, oír los testimonios de quien sobrevivió es una experiencia desgarradora. Los pocos que salieron vivos del centro de tortura llegaron a sentirse culpables y a preguntarse por qué justo ellos pudieron salvarse, incrédulos y traumatizados por lo que habían visto: arrestos arbitrarios basados en falsas confesiones obtenidas con tortura, privación de comida, de agua y de sueño, centenares de personas en cada habitación con una lata para hacer sus necesidades, latigazos y golpes de todo tipo, uñas arrancadas, inmersión en agua hasta el ahogamiento, descargas eléctricas en la zona genital. Los prisioneros eran obligados a dar falsas confesiones que servían para justificar su asesinato y reforzar la idea que las decisiones del partido Ang Kar (literalmente, la gran organización) eran ecuas y justas. La desesperación era tal que muchos torturados intentaban el suicidio prendiéndose fuego o cortándose las venas con plumas estilográficas o cucharas rotas. A veces los prisioneros eran usados como donantes de sangre, quitándoles toda la sangre del cuerpo aún estando vivos y causándoles la muerte inmediata. Peor suerte corrían las mujeres que eran violadas por grupos de hasta 10 personas y torturadas por chicos de 13-14 años que, tras ser adoctrinados eran encargados de hacer funcionar esta máquina asesina. Altamente burocratizada, la máquina de los khmer rojos tenía un sistema en el que cada uno cumplía su deber pero no se sentía responsable de las consecuencias y los millones de muertos causados. De nuevo, tristemente, la escalofriante banalidad del mal.

Todas las personas arrestadas y después asesinadas eran fotografiadas y registradas con todos sus datos personales. Sus fotos, ahora colgadas en algunas salas del museo, hacen estremecer. Se lee la falta de esperanza, la desesperación resignada en los ojos de estas personas que sabía ya, en su interior, como acabarían. Algunas mujeres, jóvenes, aparecen en las fotografías con recién nacidos en brazos, también ellos llevados al campo de exterminio de Coeung Ek donde eran golpeados violentamente contra el tronco de los árboles antes de ser arrojados con sus madres en las fosas comunes.

La tierra grita venganza. Han pasado 36 años desde el fin del régimen de los khmer rojos. El país ha vivido la dominación vietnamita, después la autoridad transitoria de las Naciones Unidas, la cual en 2 años tendría que haber puesto en pie un país que salía de 20 años de guerra. El experimento de las Naciones Unidas ha conseguido sólo una mínima parte y el trabajo de centenares de ong, que desde los años 90 a hoy han gestionado miles de millones de dólares de ayuda a Camboya, ha contribuido sólo de modo marginal a levantar el país de su pobreza. ¿Por qué? No podemos decir el porqué pero la sensación es que ha faltado un verdadero proceso de reconciliación, nadie ha admitido sus culpas, nadie ha pedido disculpas por los millones de muertos. El proceso a los 5 líderes khmer rojos aun vivos inició en 2007, de los 5, Ieng Sary murió durante el proceso, 3 fueron condenados a la cadena perpetua y Ieng Thirith, esposa de Ieng Sary, fue liberada en 2012. Pol Pot, el gran líder del partido comunista camboyano murió en su cama en 1998 sin haber cumplido ni un día de prisión.

Además de la falta de un proceso de reconciliación y justicia, Camboya sufre también una alta tasa de corrupción (el 156 de 175 países según la organización Transparency International) y una élite política económica que se instaló en el poder en los años 80 y que gestiona el país como su feudo familiar, explotando las reservas de gas, petróleo, mineras y forestales y malvendiendo enormes parcelas de tierra a grandes empresas transnacionales. Este mecanismo de distribución de la tierra, enmascarado bajo el nombre de Economic Land Concession es en realidad un modo refinado de malvender las riquezas del país sin tener en consideración las necesidades de los campesinos camboyanos, que desde siempre son la columna vertebral del país y lo nutren cultivando arroz , fruta y verdura. Las concesiones de tierra para el desarrollo de actividades agro-industriales se concentran en la producción de goma, azúcar, papel y aceite de palma: todos productos industriales que no contribuyen a mejorar la soberanía alimentaria del país y sustraen tierras a los pequeños campesinos. El gobierno, incapaz de crear las condiciones necesarias para sostener la pequeña agricultura campesina y familiar, social y ecológicamente más sensata, prefiere dividir su territorio en miles de parcelas para malvenderlas al mejor postor, a menudo de modo poco transparente y corrupto. Otro efecto de este sistema de asignación de tierras es la erradicación de miles de personas de sus tierras: entre 2000 y 2014 al menos 500.000 personas han sido expulsadas de sus tierras, casi siempre sin tener siquiera el derecho a un mínimo resarcimiento ya que no poseían un regular certificado de propiedad.

Camboya, su tierra y su gente, nos dejan un recuerdo indeleble de gente cordial y sonriente, antiguos templos majestuosos e imponentes, una naturaleza poderosa, verde y exuberante. Al mismo tiempo nos quedan en los ojos y la mente los relatos de los horrores de los tiempos más oscuros del régimen khmer rojo, de las bombas americanas y de los millones de vidas truncadas en nombre de un sueño delirante pero lúcido y despiadado. Nos vamos con algunas dudas respecto al futuro de este espléndido país, dudas generadas por la falta de justicia a las víctimas y reconciliación entre víctimas y verdugos, y también por la prepotencia y corrupción de la actual clase dirigente que está desmembrando el país y reprimiendo la disensión interna. Esperemos que con el tiempo se aprenda a tener más respeto por la tierra y la gente que allí vive alegremente para no caer más en el silencio.

 

GUATEMALA – Un Pais, Tres Mujeres

Después de 3 cambios de minibús, un largo camino por las tortuosas y verdísimas carreteras que de Méjico nos han llevado a Guatemala, llegamos a Panajachel donde nos montamos en una pequeña barca a motor para alcanzar el pueblecito de San Pedro sobre el lago Atitlán. Está oscureciendo y la lluvia cae fuerte. La barquita quizás tiene demasiados pasajeros, por lo que nos apretamos para dejar sitio a todos ya que es el último viaje del día. En la oscuridad de la noche, todos mojados llegamos a San Pedro, cargamos en la espalda nuestras mochilas igualmente empapadas por la lluvia y nos dirigimos al hostal Nahual Maya, para descansar después del largo viaje. Al despertar nos damos cuenta por fin de la belleza del lago, de los 3 volcanes que lo rodean (Atitlán, San Pedro, Toliman) y de los pueblecitos que lo enmarcan. Francisco, de la cooperativa Asoantur, durante nuestra caminata hasta la cima, el Rostro Maya, nos habla del carácter sagrado que el lago y las montañas tienen para sus habitantes. Nos cuenta que hace mucho tiempo, una niña fue enviada por su madre a llevarle tortillas a su padre que estaba trabajando en el bosque cerca del lago. Durante el trayecto, la niña fue tragada por la montaña donde descubrió un mundo bellísimo, lleno de alegría, amor y felicidad entre las personas. Los padres, muy preocupados, mandaron a la policía a buscarla, pero cuando la encontraron la niña les dijo que quería quedarse en el vientre de la montaña, porque allí era feliz y había encontrado su sitio entre la gente de la montaña. Desde entonces se cree que poblaciones antiguas viven en la montaña y por eso hay que avanzar con paso amable cuando  se camina por los montes, para no molestar a la tierra y a quien la habita. Mientras atravesamos verdes campos de maíz, de café, las altas plantas de aguacate y saludamos a los campesinos ocupados limpiando las plantas de hierbajos, descubrimos gracias a Francisco que el lago Atitlán cambia su profundidad cada 50 años, subiendo y bajando en modo alterno de modo que muchas casas construidas en la orilla del lago se inundan y desaparecen en el agua. Hotel y restaurantes quedan sumergidos bajo el agua 50 años para después aflorar a la superficie 50 años después. Quien compra son generalmente personas que vienen del extranjero para invertir en Guatemala, que no conocen el fenómeno del agua debido a una fractura en el lecho del lago ocurrida a raíz del terremoto de 4 febrero 1976, de magnitud 7,5 (que mató a unas 26.000 personas). La vista desde los 2.200m del Rostro Maya es magnífica, entre las nubes divisamos el espejo del lago (a 1.560m s.l.m.) donde se reflejan los verdes volcanes. A lo largo del camino por el espeso bosque para alcanzar la cima hemos encontrado varios muchachos y hombres que cada día suben y bajan del Rostro para ir a trabajar a los pueblos que rodean el lago. La lluvia nos pilla nuevamente y por tanto decidimos con Francisco subir a un camioncito cubierto con una tela de plástico y nos sentamos entre las mujeres, muchachos, sacos de patatas y utensilios agrícolas y con ellos bajamos la vertiente de la montaña pasando por San Juan y Santa Clara y llegando por fin a San Pedro. Ya no llueve. Nos despedimos de Francisco y decidimos dar un pequeño paseo por el lago. Un cartel verde, con las palabras Lake Atitlan – Women Weavers Cooperative, nos llama la atención y decidimos entrar a curiosear en la tiendecita y así conocemos a Anita que nos acoge enseguida con una sonrisa y orgullosa comienza a contarnos la historia de la cooperativa y la suya propia. Anita nace hace 27 años en San Pedro, donde crece junto a sus 4 hermanos y hermanas. Por desgracia la madre de Anita enferma y durante años el padre trata de curarla, invirtiendo todos sus recursos, buscando respuestas incluso en Ciudad de Guatemala. Después de 3 años, la madre recupera la salud, pero permanece en silla de ruedas. Ya desde pequeña Anita ha demostrado su gran fuerza e iniciativa ayudando a la familia a ganar algún quetzal más al día: apostaba con su madre que si le daba 2 quetzales ella traería a casa al menos 10. De hecho, con 1 quetzal compraba una piña de bananas que revendía a los turistas y así ganaba la apuesta con su madre: 10 quetzales invirtiendo 1. Así Anita entra en contacto con muchas personas y su espíritu positivo y luminoso la lleva a estudiar en la capital como secretaria, concluyendo los estudios.

Mientras tanto Anita conoce  a quien por algunos años será su marido. De su unión nace un niño, que juega en la tienda mientras nosotros escuchamos la historia de su madre y nos cuenta que su marido no la respetaba y no la valoraba por ser mujer. Anita no ha aguantado y decidió dejarlo. Con los años cultivó su sueño: convertirse en guía turística: ha mejorado su español, ha aprendido inglés y se ha ganado la confianza de quien le ha dado la posibilidad de trabajar. Aunque su sueño se ha cumplido, ha decidido combatir una pequeña batalla por las mujeres de San Pedro. Nos explica como la idea de la cooperativa se le ocurrió a su madre, a su hermana y a algunas mujeres del pueblo. Crear una cooperativa de tejedoras que trabajan utilizando sólo materiales naturales y técnicas antiguas, para no olvidar las propias tradiciones y valorar y respetar la relación con la madre tierra. Anita nos muestra todo el proceso: desde cómo se obtiene el hilo de una bola de algodón, a como se refuerza, de cómo se colora usando la menta para el verde, la cochinilla para el rojo.., a como se fija el color, de cómo se prepara el telar hasta la propia textura. Un proceso largo y paciente: para una bufanda se emplea alrededor de una semana. Ella ha decidido de hacerse portavoz ya que es la única de las 12 mujeres que componen la cooperativa que sabe hablar español. La cooperativa ha buscado apoyo en las autoridades locales  que no se han mostrado disponibles para apoyar el proyecto de la cooperativa. Anita y las otras mujeres no se han rendido: Anita, de hecho, ha pedido empezar a vender los productos de la cooperativa en la agencia en la que trabaja como guía. Así, poco a poco, han encontrado apoyo y han abierto la pequeña tienda del lago. De  5 mujeres que fundaron la cooperativa, ahora son 12 y otras mujeres quieren entrar a formar parte. –Es duro, nos dice Anita– las personas ya están acostumbradas a tejidos y productos industriales que compran a precios muy bajos y no entienden el trabajo que nosotras hacemos, a mano, durante horas cada día, utilizando sólo productos naturales, que dan productos que duran en el tiempo, observando la tradición y transmitiéndola para que no se pierda. Nos hemos quedado con la boca abierta simplemente observando como de una bola de algodón pueda salir un hilo fuerte y resistente usando sólo los dedos y un poco de saliva. Nos ha impactado la determinación de Anita y las mujeres de la cooperativa que no se rindieron ante los no y decidieron igualmente dar inicio a su proyecto, que poco a poco, está dando los primeros frutos y las primeras satisfacciones. Debemos hacer entender la importancia de lo que estamos haciendo, antes que nada a nuestra gente que se está acostumbrando a olvidar nuestras raíces y tradiciones, así como el respeto de la naturaleza y el uso precioso de sus elementos – El camino es largo aun pero a Anita esto no le preocupa. Su energía nos contagia y no paramos de darle las gracias por todas las cosas que nos ha enseñado en una tarde. Mil ideas y tantas ganas de realizarlas. Su historia nos llega muy dentro, tanto que cuando conocemos a Andrea ambos pensamos en Anita. Andrea es una niña de 12 años que se acercó a nosotros mientras descansábamos en la mesa de un bar de Antigua. Cargada de bufandas y pulseras se acerca a nosotros con ojos avispados y sonrisa contagiosa. Se para a hablar con nosotros. Originaria de Santa Catarina, siempre en el lago Atitlán, vive en Antigua con su tía para ayudarla a vender las bufandas que ella confecciona y las pulseras que ella misma prepara.

Dice que en un día consigue ganar hasta 150 quetzales ( unos 18 euros) y que cuando vuelve a casa con las manos vacías son problemas para ella. Andrea es muy despierta y habla muy bien español, nos hace reír! Al final compramos una bufanda azul para Stefano y Andrea elige un brazalete para mí y después me regala otro. Charlamos otro poco hasta que se despide para seguir su camino. Tanto Andrea como Anita han hecho brecha en nuestros corazones. Andrea nos ha hecho pensar en Anita cuando era pequeña. La historia de Anita la hemos reencontrado en las palabras de Feliciana, miembro de la junta directiva nacional de CONAVIGUA que hemos conocido en Ciudad de Guatemala. CONAVIGUA nace en 1988 y es el Coordinamiento Nacional de las Viudas de Guatemala nacido a raíz de la guerra civil que ha presenciado el genocidio de 200.000 indígenas, por voluntad de las viudas de la guerra. CONAVIGUA trabaja para la recuperación de la memoria histórica y la búsqueda de la justicia y dignidad sobre todo en Quiche, Chimaltenango y Verapaces. Trabaja para el respeto de las comunidades indígenas, del ambiente, la preservación de los recursos, el mejoramiento de las condiciones femeninas, el respeto de los derechos humanos. Desde 1988 el largo camino hacia la afirmación de los derechos de las comunidades rurales e indígenas todavía prosigue. Las consecuencias de la guerra civil aún están latentes y nuevas amenazas se ciernen sobre el territorio y sobre las comunidades. Feliciana tiene una hermana desaparecida. Busca respuestas y justicia para ella y todas las demás madres, abuelas, hermanas.

Un viaje a través de Guatemala en el que las mujeres que hemos encontrado nos han permitido descubrir algo más sobre este país del que siempre se habla poco. Un país y muchos descubrimientos nuevos, entre la defensa de la tradición, la preservación de la propia cultura y del ambiente en que se vive, la búsqueda de la justicia y el respeto de los derechos humanos.

D.F. MEXICO – La gran ciudad de Ciudad de Méjico

Desde la planta 46 de la Torre Latino Americana es imposible ver los confines de Ciudad de Méjico, inmensa y situada a 2.200m de altitud.  Los tejados de las casas se extienden hasta donde la vista alcanza sobre el Valle de Méjico, sobre una parte de la zona lacustre de Texcoco. De repente, San Francisco ya no nos parece tan grande. En los últimos años el área metropolitana de Ciudad de Méjico ha englobado 40 pueblos limítrofes, extendiendo el área del Distrito Federal y haciendo crecer la población urbana a 9,7 millones de habitantes y a 24,7 la de la zona metropolitana. Para una ciudad tan grande como Ciudad de Méjico, o DF (el defe) como lo llama la mayor parte, se necesita una plaza igualmente grande: el Zócalo, formalmente Plaza de la Constitución, es de hecho la tercera plaza más grande del mundo. Llegamos a primera hora de la tarde y lo primero que nos impacta es su vacío. Quizás por la hora y el calor del sol, la plaza está completamente vacía: ni un paseante, ni un vendedor ambulante, ni un niño.  Todo lo contrario de las calles del centro donde ríos de personas corren en todas las direcciones, llenándolas en una normal tarde de viernes caótico y colorido. Contenemos  la respiración y nos sumergimos también nosotros en el ruidoso río de gente que pasa veloz, llegando de casualidad frente al Café Tacuba. Stefano dice: “comemos aquí, sé que hay un grupo musical que se llama así”. Vamos. Un señor elegante y bigotudo nos abre la puerta de lo que parece un normal café, cuya entrada es una simple puerta de madera. Sin embargo, el Café Tacuba no es para nada un simple sitio donde comer algo, es uno de los locales históricos del DF, donde en 1922 Diego Rivera organizó el banquete de su boda con la escritora Guadalupe Marín, y donde almorzaban muy a menudo presidentes y gobernadores mejicanos. Impactados por la belleza de los frescos de las paredes, de la decoración de los techos, de la belleza del ambiente, tomamos sitio y saboreamos enchiladas (tortillas de maíz rellenas de queso y cubiertas de salsa de tomate) mientras un grupo de mariachis comienza a tocar. Contentos por la inesperada sorpresa de haber ido a parar a un sitio tan rico de historia, salimos satisfechos y con el mapa en mano intentamos buscar una dirección. ¿Dónde ir? Es difícil elegir entre las innumerables cosas que hacer y ver. Decidimos empezar por Frida Kahlo, Diego Rivera y el Museo Arqueológico.

La cola de personas en la entrada de la Casa Azul nos asusta un poco. Indecisos sobre si esperar o no, decidimos esperar, comiendo una especie de patatas fritas con salsa picante para engañar la espera. Una hora después estamos dentro, encantados delante de las pinturas de la Kahlo y viendo la casa donde ha vivido, pintado y creado la mayor parte de su vida. Después de su muerte, ocurrida en 1954 a sólo 47 años, parece que el marido Diego Rivera puso bajo llave todas las obras de su mujer pidiendo que las dejaran cerradas al menos 14 años. La casa expresa en cada rincón la vida y el arte, no sólo a través de las obras, sino también en el mobiliario, la posición de las paletas y pinceles, la cocina donde sólo se preparaban platos prehispánicos y los vestidos. Las obras que más nos llaman la atención son “el Marxismo curará a los enfermos”, “Naturaleza muerta”, la obsesión de Frida por la maternidad, la relación con su cuerpo, la colección de mariposas regalo de Isamu Noguchi, las imágenes de Trotsky (amigo de la pareja asesinado precisamente en Méjico en 1940), Marx, Lenin y Stalin. Finalmente sus vestidos, también obras de arte, los bustos decorados, la prótesis, las faldas, las joyas, los vestidos largos y coloridísimos, expresión de su creatividad que transforman en puntos de fuerza sus debilidades, pero también como intento de esconder lo que fundamentalmente es difícil de aceptar. Un esbozo de la propia Kahlo, la representa vestida con tejidos transparentes que dejan entrever la prótesis y el busto para la espalda. El título: “La apariencia engaña”. La Casa Azul se encuentra en el barrio de Coyoacan, ciudad colonial englobada por los tentáculos siempre en expansión del DF. Muy colorida y llena de vida de una tarde domingo nos invita a explorarla y a probar esquites (maíz caliente con mayonesa, queso y guindilla) y galletas de maíz caliente vendidas en multitud de puestos callejeros. Y también vestidos, bisutería, camisetas, algodón de azúcar, globos.. por toda la plaza San Juan. Muchas familias, parejitas y niños disfrutan del aire de la tarde. La atmósfera nos encanta y nos apetece tomar algo de cena allí, entre la música torpe de “All you need is love” tocada por la melódica de un joven voluntarioso y niños que venden mazapán. En los días siguientes continuamos nuestra exploración de la ciudad siguiendo un poco el filón artístico. Las pocas obras de Rivera hospedadas en la Casa Azul no nos habían impactado demasiado. Cambiamos inmediatamente de idea delante de sus murales  expuestos en el Palacio Nacional. Descubrimos el movimiento de los muralistas, desarrollado en Méjico a partir de los años ’20 del pasado siglo bajo la estela de la revolución de 1910. Para los muralistas, el arte era político y rechazaban el concepto de arte como actividad de producción de obras bajo comisión de ricos privados, sino como actividad artística dirigida al bien de toda la sociedad, y en particular de las clases oprimidas. Por ello llenaban de frescos los palacios públicos, para que todos pudieran beneficiarse del arte, de sus mensajes y sus contenidos formativos. Precisamente por haber pintado los muros del Palacio Nacional, Diego Rivera tuvo que auto expulsarse del Partido Comunista Mejicano, del que era secretario nacional. A través de los murales recorremos las diversas etapas de la historia mejicana: de las civilizaciones precolombinas, a la llegada de Hernán Cortés, de la primera constitución de los Estados Unidos de Méjico de 1924 a la revolución de Emiliano Zapata y Pancho Villa.  Unido a la colonización, al papel de la Iglesia en la conversión de los indígenas, a la fe en el marxismo y el comunismo. Por supuesto no podía faltar una representación de Frida que tiene en la mano una copia abierta de “El capital”, junto a su hermana Cristina, con quien Rivera tuvo una relación.

La lección de historia continúa para nosotros en el Museo Arqueológico, que situado en el Bosque de Chapultepec es uno de los museos más grandes del mundo. Con sus 44.000 m2 de cubierta, aloja la mayor colección del mundo de arte precolombina. A cada cultura está dedicada una sala que sola vale como un museo. Una caja china donde se recogen los tesoros de las poblaciones Maya, Azteca, Olmeca, Teotihuacana, Tolteca, Zapoteca y Mixteca. La sala Mixteca ha capturado nuestra atención y nos quedamos como hipnotizados, como muchos otros, de frente a la Piedra del Sol, representación azteca del cosmos dominado al centro por la figura del dios del sol. Nuestra visita al DF se cierra con el descubrimiento de la comunidad de Nexquipayac, en el municipio de Atenco, a pocos kilómetros de la ciudad, tristemente conocida por los sanguinarios episodios de mayo de 2006 (artículo sobre “la investigación y los movimientos”). Gracias a los amigos del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT) de Nexquipayac paseamos por lo que era un pueblo azteca que se asomaba al lago Texcoco, donde se pueden encontrar vasijas de la época, inscripciones e incisiones y donde la huella del antiguo acueducto aun es visible. Escuchamos las palabras de Sergio, Felipe, Filemón, Luis, Rosario, Jimena, Andrea y Silvia. Sus testimonios, la historia de los lugares y del movimiento en el cual la tierra y las tradiciones son los protagonistas, donde la historia de uno se convierte en la historia de todos. A día de hoy, el FPDT ha sostenido muchas batallas y sigue desafiando al poder que quiere construir el nuevo aeropuerto justo donde la comunidad cultiva y trata de difundir y defender el valor y la riqueza arqueológica de la zona de Atenco. El Aeropuerto Internacional de Ciudad de Méjico “Benito Juárez” ya no basta para acoger a los millones de turistas que llegan a Méjico cada año y el gobierno proyecta la expansión de las estructuras receptivas y de seguridad con el objetivo de llegar a una capacidad de 32 millones de personas.

La gran ciudad de Ciudad de Méjico necesita, por lo tanto ,  un gran aeropuerto. Desgraciadamente intereses políticos y especulaciones inmobiliarias prevalecen sobre los valores que podrían verdaderamente hacer más grande la ciudad y el país. Hay quien no se rinde y no va a permitir que se cubra de cemento su historia, su cultura y su vida y sigue luchando para defender los valores en los que cree. Personas que no tienen miedo de desafiar al gigante DF porque son grandes como la tierra que los anima.

Si vas a San Francisco, ponte una flor en el pelo (y también en tu plato)

Son las 11 de la noche y el aeropuerto de San Francisco está tranquilo.  Cogemos el equipaje y nos dirigimos a la salida tratando de tomar la última carrera del tren urbano hacia el centro de la ciudad pero es demasiado tarde, por lo tanto, decidimos subir en un shuttle conducido por un muchacho chino que vive en San Francisco desde hace 13 años y que nos lleva a destino pasando por las anchas y desiertas calles de la ciudad. Llegamos a casa de Kennix, a la que encontramos a través de AirB&B, donde nos alojaremos durante nuestra permanencia en SF, ahorrando bastante. La casa es acogedora y super organizada. Nos acomodamos rápidamente y también rápidamente nos dormimos. A la mañana siguiente conocemos a la joven pareja suiza  que comparte con nosotros el apartamento: Mattew y Sandrine viajarán durante un año por USA, Méjico y Guatemala lidiando con la caravana que compraron hace poco. Les saludamos y salimos enseguida a comprar algo para comer, viendo el ayuno del día antes en el viaje. Cuando entramos en el supermercado nos sentimos algo desorientados y tardamos un poco en comprender qué vamos a meter en la cesta de la compra. Los estantes están llenos de muchísimos productos, de muchas variedades, contenidos en paquetes enormes, gigantes, kilos y kilos de comida, litros y litros de bebidas que desorientarían incluso al consumidor más habituado. Después de un tiempo indefinido en el supermercado “ambientándonos”, volvemos a casa y, mientras preparamos el desayuno, estudiamos el mapa de la ciudad. San Francisco es una ciudad inmensa, extendida sobre 43 colinas, poblada por 4.594.060 habitantes sólo en el área urbana, 8,6 millones en toda la Península. Nacida de una misión de franciscanos a fines del 1700, crece increíblemente durante la fiebre del oro iniciada en 1849, en pocos años de pueblo de 800 personas, San Francisco se convierte en una ciudad de 100.000 habitantes. Paseando por la ciudad reencontramos los rostros de los conquistadores europeos que habíamos dejado en España y Portugal. Una estatua de Colón domina el Pioneer Park (parque del pionero), en lo alto la Telegraph hill y al lado la Coit Tower, (ésta última, un regalo a la ciudad de parte de Lillie Hitchcock Coit que dice: “to be expended in an appropriate manner for the purpose of adding to the beauty of the city which I have always loved” – pero nosotros nos estamos tan seguros de que realmente haya añadido belleza a la ciudad) mientras en la zona del Civic Center, el Pioneers’ Monument (monumento a los pioneros) resume las etapas más importantes de la historia de la ciudad a través de los rostros de los pioneros más famosos como John Sutter, John Fremont, Sir Francis Drake, desafiados por la figura de un nativo americano sometido a los pies de un padre franciscano y un vaquero mejicano.

Desde el monumento se llega a la plaza del Civic Center justo enfrente de la City Hall (sede del Ayuntamiento). El día que la visitamos, la plaza está colorida por las esculturas del artista de Taiwan Hung Yi, en muestra contemporánea con su “Fancy Animal Carnival”, entre los que encontramos también nuestro animal: el dragón de la suerte con las zapatillas de deporte listo para viajar alrededor del mundo!

Los colores de las esculturas se mezclan con la música y los vestidos extravagantes de tres muchachas que preparan sus instrumentos musicales para tocar justo de frente al City Hall. Atraídos por la música, nos acercamos junto a otros transeúntes, cuando llegan dos novias vestidas de blanco: la sorpresa era para ellas, para desearles mucha felicidad por su matrimonio. Sonrientes por haber participado en la pequeña sorpresa, continuamos nuestro paseo por Market Street, atravesando China Town y North Beach. Nos perdemos entre linternas rojas, músicos callejeros, mapa de la ciudad olvidado 4 veces, y después entre las banderitas tricolores  de la hilera de restaurantes italianos de la zona. Cansados y atraídos por un pequeño bar que nos parece anónimo, decidimos hacer una pausa en el Caffè Trieste, cerca de la plaza Saint Francis, en el cruce de algunas de las calles más importantes de S. Francisco: Upper Grant, Broadway, Columbus  y Vallejo y donde en los años ’50 se encontraban los autores de la beat generation y defensores de la vida bohemia como Alan Watts, Jack Kerouac, Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti, el cual, a diferencia de los otros, aún frecuenta la zona. Parece ser que Francis Ford Coppola escribió gran parte del guión de El Padrino sentado en una de las mesas del Caffè Trieste. Un pequeño bar con una barra digna de las peores tabernas  italianas de los años ’50, un encanto antiguo, decadente pero rico en carácter y color. La decoración anticuada, polvorienta, frágil, un viejo jukebox, el suelo con las lozas rotas, los feos murales de algún artista local, el aroma del café expreso y el tintineo de las tazas de capuchino nos hacen sentir un poco en casa y al mismo tiempo en otra época, la época sin tiempo de los bares que no son sólo lugares de encuentro sino también lugares del alma, modos de ser y focos culturales, bares que superan la barrera del tiempo, que resisten impertérritos a la moda de los lounge bar y que  transmiten de generación en generación anécdotas, chistes, recuerdos, historia y cultura, en una palabra: identidad. Identidad italiana en concreto, North Beach es de hecho conocida como Little Italy, poblada por emigrantes italianos a partir de la segunda mitad del S.XIX, provenientes principalmente de Sicilia y Toscana, contribuyendo al desarrollo de la pesca y el comercio pesquero de la ciudad. Desde North Beach subimos por Lombard Street para ver Crookedest street (la calle más empinada), 27% de inclinación mitigadas por 8 curvas a recorrer a una velocidad no superior a las 5 millas horarias. Volviendo a Little Italy no nos hemos podido resistir a una buena pizza en Maurizio, que nos invita a su restaurante mostrándonos sus fotos con el primer ministro Renzi. El restaurante es pequeño y lleno de banderitas en el techo, cuadros, fotos, reclamos a la madre patria por las paredes donde resuenan las notas de canciones melódicas italianas. Un FIAT 600 a modo de mesa está aparcado delante del restaurante, nos deja perplejos, pero viendo a los japoneses intentando brindar en el coche, la idea gusta en los EEUU.

Además de los pies, el metro se convierte en nuestro medio de transporte en San Francisco, más rápido y barato que el autobús y el alquiler de coches. La salida del metro que nos ha quedado en el recuerdo es la de Montgomery, la de Financial District sobre Market Street. De pie sobre la escalera mecánica que nos lleva a la superficie subimos las cabezas hacia arriba para ver la última planta del rascacielos que domina la salida. La sensación es de mareo. Es difícil no mirar  enseguida al suelo, en la acera, donde dos chicos tatuados, sucios y con la ropa rasgada, “duermen” con sus mochilas vacías como almohada, en pleno centro de la ciudad, entre tacones y zapatos brillantes de los trabajadores del distrito financiero. Enseguida nos asaltan tantas preguntas en nuestro pensamiento. Seguimos. Yendo adelante la situación no cambia: gente sin techo y chicos medio desnudos que piden limosna en los semáforos, quizás bajo los efectos de alguna droga. Perplejos nos preguntamos cómo puede haber tanta gente marginada de la familia, de la comunidad, de la ciudad y de la sociedad que vive rítmicamente a la sombra del Transamerica Piramid Center. Ocupados en estas reflexiones llegamos a Height Ashbury, y nos quedamos un poco decepcionados de lo que queda de la “Summer of love” y de los hijos de las flores: una calle colorida, llena de tiendas étnicas, Cafés orientalizantes  y fumadores-traficantes con perros con correas. Giramos entonces hacia Castro, pasando por Twin Peaks, que no tiene nada que ver con Lynch, donde ondean banderas de arcoíris, y también son de arcoíris los pasos de peatones que pisamos para ir a visitar el cuartel general de Harvey Milk, el primer político homosexual declarado elegido como board supervisor (una especie de consejero municipal) de la ciudad de San Francisco y por ello asesinado el 27 de noviembre de 1978 junto al alcalde Moscone.  El barrio es un hervidero, los bares y restaurantes están llenos de gente, un muchacho en el cruce de una calle vende pulseras a 25 céntimos. Entramos en el QBar para un descanso, bebemos algo en la barra del bar donde parejas de jóvenes toman el aperitivo. En la TV del bar emiten Flash Gordon, una película de 1980 con Ornella Muti con traje espacial, terrible. Mientras el DJ empieza a pinchar música en el local, pensamos en ponernos de nuevo en camino.

El último día en San Francisco decidimos explorar la parte del Fisherman Wharf y del Embarcadero donde vemos las columnas auto servicio para el alquiler de bicicletas municipal: 9 dólares al día. Hecho!. Sólo se puede pagar con tarjeta de crédito. No hay problema, tenemos 3. Inserimos la primera tarjeta, la segunda y la tercera varias veces, probando diversas columnas. Nada. Entendemos que las tarjetas de crédito extranjeras no son aceptadas. El pago sólo es posible con tarjetas del circuito estadounidense. Decepcionados, no abandonamos la idea de dar una vuelta en bici hasta el puente Golden Gate y así alquilamos 2 bicis de Parkwide Bike and Ride: Por 3 horas, 2 bicis un total de 53 dólares. Pedaleamos sin pensar en el robo que acabamos de sufrir, los precios son estándar en todas las estructuras de alquiler. Venga, nos vamos. Disfrutamos del pedaleo, el día está un poco gris pero las calles están llenas de familias que hacen picnic, deportistas que corren, señores que regalan abrazos gratis, niños que se bañan contentos en las frías aguas del océano. La llegada al Golden Gate nos corta la respiración, nos sentimos colgados, como el puente, miramos la ciudad y recorremos mentalmente todas las etapas: los nativos americanos, los pioneros, la presencia española, los rascacielos, los sin techo, la apertura hacia la homosexualidad, los inmigrantes italianos y no italianos, los hijos de los hijos de las flores, la música. San Francisco nos ha regalado visiones diferentes a las que estábamos acostumbrados en estos últimos años de vida entre Italia y África. Entre Starbucks con capuchinos en vasos de plástico y Burger King con comida de plástico, en realidad San Francisco vive y hace revivir emociones fuertes, no sólo las relacionadas con la historia sino también con las vibrantes novedades que nacen en esta ciudad. En barrios como Berkeley se camina por donde antes se movilizaban las Panteras Negras, se pasa dentro del Gilman Street Project surgido en contraposición a la música punk y al excesivo uso de alcohol y drogas, creando un lugar libre para agregarse donde cada uno podía expresar libremente su pensamiento, así como el free speech movement (movimiento por la libertad de palabra) de los estudiantes de la Universidad de Berkeley, que capitaneados `por Mario Savio entre 1964 y 1967  han combatido por la libertad de expresión de los estudiantes y la libertad académica. Todo esto ha esparcido semillas por otras partes y nuevas realidades florecen, crecen, como la que hemos encontrado en Albany, la Gill Tract Community Farm y el equipo de Food First, implicados en afirmar la soberanía alimentaria, con quienes hemos almorzado en el huerto urbano de su oficina. Almuerzo en el Km 0 con contorno de ensalada de flores. San Francisco no sólo nos ha hecho poner flores en nuestro cabello sino también en nuestro estómago.

 

U.S.A.:Cuestiones de seguridad nacional

Dejada atrás Lisboa, volamos sobre el Océano Atlántico hacia San Francisco. Tenemos dos escalas, la primera en las Islas Azores y la segunda en Boston.  Unas dos horas después de nuestra salida aterrizamos en el aeropuerto de Punta Delgada, donde se nos pide bajar del avión. Cogemos nuestras cosas y en fila nos dirigimos a la sala de espera donde nos han pedido de esperar la llamada para volver a bordo. En la breve escala que duró poco menos de una hora, hemos tenido que repetir los controles de seguridad, sobre todo Stefano que, parado por la policía, ha tenido que mostrar cada pequeña cosa que llevaba en su mochila. Una vez enseñados todos los objetos  y haber sido registrado a fondo, Stefano se reúne conmigo en las mesas del pequeño bar del aeropuerto donde, mientras tanto, había estado conversando con una señora portuguesa que vive en Boston desde hace muchos años, me contó que también  su hijo y la esposa habían hecho la experiencia de un viaje alrededor del mundo el año pasado y que ahora se habían parado porque estaban esperando su primer hijo. El altavoz anuncia la apertura del embarque, nos dirigimos en cola para subir de nuevo al avión. Otra escala, Boston. Una vez llegados a tierra estadounidense, aferramos nuestros pasaportes y los módulos del visado que hemos rellenado a través de ESTA – Electronic System for Travel Authorization, programa que permite hacer la solicitud por internet a quienes tengan la nacionalidad de alguno de los estados elegibles, entre ellos Italia. La sala para el control de pasaportes nos confunde con mil indicaciones y mil recorridos a través de cintas de colores que deberían indicar el camino hasta el control a los viajeros. Cintas moradas, amarillas, rojas, donde clasificadores de masas con chaqueta negra dividen a las personas según la nacionalidad después de haber efectuado un primer registro en las columnas electrónicas. Nos colocamos en una fila que no era la nuestra, sino para Trusted Travellers, línea oro, de personas de confianza que pueden pasar tranquilamente.

Poco amablemente, el personal nos indica nuestro error y poco amablemente nos muestra  las columnas electrónicas donde insertar el pasaporte para hacer un control self-service. Estamos detrás de la señora María, que con su cabello canoso y las gafas colgadas le cuesta entender cómo obtener el ticket de la columna. Impaciente el empleado se sitúa al lado de la señora María, hablándole un italiano mecánico le enseña en modo brusco cómo debe hacer y  hace por ella el trámite, le pone el ticket en su pasaporte y se lo entrega. Lástima que la señora María, a pesar del nombre, no es italiana sino portuguesa. De la cola de las columnas nos desplazamos a la cola para el control de la policía aeroportuaria. Detrás de su escritorio, el agente Kenneth, un afro-americano delgado, de unos 40 años, con rostro estirado y muy severo, nos mira como con la intención de atemorizarnos, con los ojos desconfiados y el ceño fruncido, toma de repente nuestros pasaportes, los abre, los dobla, los golpea contra el mostrador. Inicia el interrogatorio. Mientras los televisores encima de nuestras cabezas muestran mensajes sobre la seguridad del país e imágenes de policías sonrientes que amablemente responden a las preguntas curiosas de los niños que preguntan  por qué hacen tantas preguntas, Kenneth nos mira fijamente a los ojos y no sonríe nunca. Gruñe. Preguntas secas y directas, al estilo del sargento Hartman de La Chaqueta Metálica pero con menos palabrotas. Cabeza rapada, piel oscura, mandíbula prominente. Preguntas simples del tipo: “¿Cómo te llamas?”, “¿Motivo del viaje?”, “¿Duración de la estancia en los Estados Unidos?” parecen difíciles y sin respuesta. El modo de analizar las palabras y de examinar nuestras caras del agente Kenneth nos hacen sentir como fugitivos que esconden algún tráfico ilícito. ¿Por qué habéis estado en el sur de Sudán? ¿Túnez? ¿Marruecos? Pregunta apuntando con la lengua el paladar. Mareados, confusos, nos sentimos como dentro de una película. Respondemos un poco titubeantes: “cómo me llamo, (bueno… no sé, todos nos llaman Stefano y Daniela), Amigos, (quien nosotros, no ninguno..) Cuándo nos vamos (quizás el 22, no el 23, pero ¿de dónde?). Sudorosos y con el pulso más acelerado que en el examen de Selectividad, al final pasamos “el examen”. Con suficiencia, Kenneth, sella y firma los pasaportes, haciéndonos gestos de que nos vayamos simplemente levantando las cejas con aire desafiante, como diciendo, esta vez lo habéis conseguido pero la próxima… Primera prueba en Estados Unidos superada. Cuestiones de seguridad nacional. Ahora tenemos que encontrar la puerta de embarque para San Francisco. Nos perdemos en los largos pasillos siguiendo las indicaciones de uno y otro pasajero que ha querido explicarnos cómo llegar. Llegamos después de varias vueltas. Tomamos un respiro. Quisiéramos meter algo en el estómago mientras esperamos el vuelo pero miramos a nuestro alrededor y nos quedamos helados con los precios: compramos sólo una botella de agua, medio litro, 6 dólares, y ya comeremos en el avión, pensamos. Ya es tarde, tomamos el vuelo para San Francisco por las últimas 6 horas que nos separan de nuestro destino final. Una vez a bordo nos maravillamos de disponer de una minipantalla por persona y elegimos la película para ver durante el vuelo: “Selma” una película sobre Martin Luther King. No nos habíamos dado cuenta que al lado de la pequeña pantalla estaba la fisura para insertar la tarjeta de crédito: si quieres ver una película o un espectáculo pagas, al igual que se paga para tener la cena a bordo. Apagado el video y escondido el apetito cerramos los ojos y nos dormimos cansados para reabrirlos solamente cuando aterrizamos, por fin, en San Francisco.

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